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El Teatro ante la pandemia. “¡Yo que reina de Troya ya no soy nada ni nadie ¡”. Hécuba, “Las Troyanas”

Publicado el 22/05/2020

 Los griegos heredaban el destino que les concedían los dioses. Nosotros poseemos el carácter. Ese rasgo, que según van pasando los años, hace que te parezcas más a tu padre o a tu madre. El carácter podías cambiarlo o, al menos, modificarlo. El destino, por el contrario, era inamovible, estaba unido a ti para siempre.

A pesar de esta circunstancia, en la tragedia griega, algunas heroínas lucharon denodadamente para vencerlo. Medea se reveló contra un destino que la tenía condenada a ser, únicamente, la mujer abandonada y maltratada por Jasón. Electra hizo lo mismo y luchó con todas sus fuerzas para exigir justicia y rehabilitar la imagen de su padre. Antígona rompió su destino, de ser solo la hermana de Polinices, para defender la ley divina frente a la ley humana del tirano Creonte.

Inmersos como estamos en esta tragedia griega, con miles de muertos a nuestro alrededor, solo nos queda enfrentarnos a este absurdo destino y luchar, denodadamente, para cambiarlo.

Muchos son los que piensan que nos espera un mundo sin teatro, que la recuperación de las artes escénicas será muy lenta y difícil, que hacer un espectáculo solo para el 50% del aforo no será rentable. Se olvidan que en el teatro como en el amor se establece una relación de persona a persona (Actor/ observador) y que el número de espectadores solo es importante para la taquilla. Se nos vuelve a contar lo de siempre, que el teatro es mera mercancía, que el mercado decide y coloca a cada uno en su sitio, que solo es diversión y entretenimiento. ¿Será por qué el teatro aparece en Europa al mismo tiempo que el capitalismo?

Habrá poco público en los teatros, nos dicen, pero quedará mucho más sin teatro, decimos nosotros. Personas que no podrán acercarse a” La vida es Sueño”, “Fuenteovejuna”, “Luces de Bohemia” “La casa de Bernarda Alba” o a tantas obras que son parte de nuestra historia, de nuestra memoria, de nosotros mismos. Pero esto, a nuestros regidores culturales, parece que no les importa. ¿Será porque ellos tampoco han tenido la curiosidad de acercarse al teatro?

Escuchamos también que el teatro es aburrido, antiguo, lo moderno son las plataformas tecnológicas, la imagen, los e-Sports, la virtualidad, etc. Olvidan que en la pantalla solo ves lo que te enseñan, que toda gira entorno al montaje y que la imagen se brinda, casi siempre, reelaborada. Por contra, en el teatro, ves lo que quieres ver. Disfrutas de esa emoción que va de persona a persona y que recorre los sentimientos y emociones de la vida misma. No, el teatro no es el cine ni la televisión ni la virtualidad enlatada. El teatro es el ahora. El ahora del actor y el ahora del espectador.

 Pero, si no existiese el teatro profesional en Asturias, ese teatro al que Eugenio Barba llama Tercer Teatro, ¿quién ocuparía su lugar?

¿El teatro que viene de Madrid? ¿El que Eugenio Barba nombre como Primer Teatro? Ese que con tanto ahínco protegen y ensalzan los grandes espacios teatrales de nuestra región.

 ¿Los grupos aficionados, y sus defensores, que siguen la más rancia tradición asturiana, y que durante la pandemia han brillado por su presencia?

No. Ese espacio lo ocupamos nosotros, los grupos profesionales de Asturias, que, contra viento y marea, hemos luchado durante más de 50 años para conseguir que en Asturias existiese un teatro que no fuese mercancía, ni pantalla de televisión. Un teatro con vocación de servicio público. Un teatro que, a pesar de no tener casi presencia en los grandes teatros de la región, en los teatros del Gobierno de Asturias (es decir, de todos los asturianos), sí que ha tenido vida en colegios e Institutos, en cursos y seminarios, un teatro que ha luchado mucho por ir dejando su semilla de forma discreta y silenciosa. Un teatro que forma ya parte del patrimonio y de la memoria cultural de todos los asturianos.

En todos estos años, de las diferentes administraciones, solo hemos recibido limosnas y de esos grandes teatros, que en general apuestan por el Primer Teatro importado (el que suele presentar de cabeza de cartel a un actor o actriz de televisión), desprecio e indiferencia casi siempre. Y pese a todo, seguimos trabajando año tras año, viendo pasar ante nosotros gobiernos de todos los colores, luchando para poder salir de Asturias, para poder representar al Teatro Profesional Asturiano en Ferias y Festivales, para poder llevar nuestro arte más allá de nuestras fronteras. Pero siempre sabiendo que lo que ofrecíamos no era una mera mercancía, aunque tampoco sepamos si lo que hacemos es arte, por más que lo intentamos.

Hemos trazado nuestro camino en silencio, ni obligados ni impulsados por la Administración, pero, en cambio, estableciendo sólidos lazos con teatreros que hemos ido encontrando a miles de kilómetros, con espectadores y alumnos sensibles y curiosos que forman el “pueblo secreto”, el “amigo secreto” del teatro profesional asturiano.

Y de pronto llega la pandemia, y todo nuestro endeble andamiaje salta por los aires. A nuestro alrededor solo vemos indiferencia y lugares comunes. Ninguna mano amiga. Y a pesar de nuestra derrota, de nuestro desmoronamiento, de nuestra “salida por el foro”, de nuestra soledad, sabemos que no puede ser aquello de “a rio revuelto, ganancia de pescadores”, que no se trata de “dar gato por liebre”, aunque, por desgracia, a muchos de nuestros interlocutores culturales les guste más el gato que la libre.

Y ahora, después de más de tres meses de confinamiento, de soledad, de miedo, de pobreza, ¿tenemos que volver a dar gato por liebre? ¿Es ese nuestro destino? ¿Convertirnos en los nuevos Sísifos del siglo XXI? ¿Estamos obligados a vivir con un dólar al día como en el tercer mundo?

Rebelémonos contra ese destino que nos imponen desde arriba los de siempre, los mismos que nos han llevado a esta penuria de situación. Rebelémonos contra la práctica de tener que tirar los espectáculos según nacen porque ningún teatro de nuestro alrededor se interesa por ellos, y no tanto por el trabajo en si, que sin duda es interesante, y hasta bueno, sino por ser asturianos. Rebelémonos para poder seguir creando nuestros espectáculos, para poder avanzar hacia el futuro con nuestro arte, con nuestro teatro. Una de las parcelas más vivas de la cultura asturiana.

Rebelémonos, para hacer del teatro ese rito que obliga al espectador y al actor a salir de su casa, a encontrarse en un mismo espacio, a enfrentarse al aquí y al ahora, y a sanar juntos las heridas que nos llevan a esa ceremonia que llamamos teatro.  Esa ceremonia donde un cuerpo adquiere y transita por una energía extra cotidiana y alguien lo contempla con los ojos de la fascinación.

No, no queremos volver a donde estábamos, no podemos seguir como antes: el teatro asturiano era un enfermo crónico y ahora es un cadáver. ¿De qué serviría un nuevo sacrificio, para hundirnos en la misma orilla?

Lo hemos perdido casi todo, pero nos dirán que hay necesidades más importantes, que el teatro no es esencial y menos el que hacen los grupos asturianos. Sabemos todo eso y mucho más. Pero también sabemos que para nosotros este arte es esencial, y no solo por ser nuestro precario medio de vida, sino también por ser nuestra forma de estar en el mundo, de entender el mundo, de relacionarnos con el mundo, de abrir nuestro propio mundo a los demás. En el municipio donde vivo hay casi cinco espacios teatrales, casi siempre cerrados, sin que ninguna compañía pueda establecer allí su sede, pueda realizar allí su actividad. ¿Para qué se construyeron esos espacios, me pregunto?  En suma, el teatro es nuestra vocación y, ya se sabe, quien tiene una vocación tiene una cruz.

Rebelémonos contra ese destino que no nos imponen los dioses, sino hombres, que juegan estúpidamente a ser dioses y que nos devuelve al punto de salida. Rebelémonos contra el “aquí no ha pasado nada”, contra el “café para todos”, contra el “no es un espectáculo para mi público”, contra el “vuelva usted mañana”, etc.

Larra decía que escribir en España era llorar. Casi un siglo después de esas palabras hacer teatro en España se ha convertido en algo peor que el llanto, en algo mucho más doloroso. “No nos quieren”, dice Lluis Pascual en la carta que hace días envió al Ministro de Cultura. No nos quieren, y además, ahora, sería un gran momento para liquidarnos.

No, no os dejéis “seducir”, como dice Brecht. En Asturias hay actrices, actores, directores, iluminadores, autores, escenógrafos, sastras… tan buenos, o incluso mejores, que en el resto de España.  Y aunque ahora, como Hécuba, tengamos la impresión de que lo hemos perdido todo, luchemos denodadamente contra ese destino que nos quieren imponer, como Medea, como Electra, como Antígona. Solo así, lo mismo que la tierra, lograremos que este arte sea para el que lo trabaja. Para todos los hombres y mujeres del teatro asturiano que año tras año dejan su piel en cada nuevo espectáculo, en cada representación. Ganaremos todo lo perdido y, libres ya del peso del destino, podremos comenzar un nuevo tiempo en el que seamos importantes para el público y para nosotros mismos, donde podamos vivir en los teatros, donde dejemos de ser pedigüeños para, de una vez por todas, convertirnos en Artistas.

En 1919, en medio de la famosa gripe española, García Lorca llegó a Madrid, a la residencia de estudiantes. Sin duda sus padres quedaron muy preocupados en Granada, pues Madrid, igual que ahora, era el centro de la pandemia. Pero Federico salió de su pueblerina Granada para conocer el mundo, para ser artista. ¿Tendría miedo a la gripe? Posiblemente, como también lo tenemos nosotros ahora. Pero lo que sin duda atesoraba eran unas enormes ganas de comerse el mundo, de ser escritor, de crear: poesía, teatro, etc. La historia de Federico debería servirnos de ejemplo. Que nada ni nadie nos quite nuestra vocación por el teatro, nuestro “sueño de pasión”, nuestro amor por la escena. Artistas por encima de todo – como nos pide Federico -, artistas de pies a cabeza, puesto que por amor y vocación hemos subido al mundo fingido y doloroso de las tablas. Artistas por ocupación y preocupación, aunque, también como Federico, estemos en medio de una pandemia, silenciosa y devastadora, que nos sume en una profunda indecisión.