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Carta al director. Otros dolores y proporcionalidad frente al COVID-19

Publicado el 17/03/2020

Probablemente soy tan ignorante que carezco capacidad para procesar adecuadamente la información que se nos facilita. Esta situación de alarma social y suspensión de la vida ordinaria y de libertades no la comprendo. Obedezco y me fío de las autoridades, cumplo con rigor la orden de confinamiento y aislamiento, pero no lo comprendo.

Leo, y compruebo que, desde instituciones y especialistas del mundo, el diagnóstico y las medidas recomendadas coinciden mucho. Aun así.

Vivimos en riesgo. Los accidentes de tráfico de triste saldo (1.098 fallecimientos y 4.395 ingresos hospitalarios en 2019), no hacen que cerremos las carreteras o se prohíba la venta de vehículos de tan alta cilindrada, ni se despliega la UME para vigilar la velocidad. En playas y piscinas se ahoga cada año un buen número de personas (440 el año pasado en España), sin que se decrete el cierre del baño. El mismo año murieron 542 personas en el puesto de trabajo, sin que generase escándalo o alarma social.

Se acepta, si no se estimula el consumo de alcohol por jóvenes y menores. La sociedad y el estado parecen asumir que forma parte de la normalidad, que la norma es el ocio alcohólico y con otras sustancias. Unas 6000 personas jóvenes han sido atendidas por como etílico el pasado año ¿Cuándo se ha controlado efectivamente a los locales “para menores”? ¿Se recurre a medidas extraordinarias para frenar el peligro del alcohol y las drogas? ¿Del juego? ¿Por qué ahora sí?

¿Qué decir de la gente que se arriesga a atravesar el mar o las fronteras para mejorar sus vidas y buscar un horizonte nuevo? En el Mediterráneo se contabilizaron 1283 ahogamientos en 2019, y mucho que se ignora, probablemente. Y otras 154 personas han desaparecido o fallecido intentando llegar a Canarias. Es lo más visible de unas tragedias que suman desarraigo, pobreza, enfermedad, abusos, reclusión en CIEs, etc.

Tragedias en Oriente Medio, guerras, campos de refugiados fronteras fortificadas con oleadas arrojadas de personas desesperadas.

Algunas enfermedades o desastres naturales azotan América del Sur, África y otros puntos del globo sin que nos inmutemos mientras no se ponga en riesgo nuestro privilegiado sistema económico, que necesita de la desigualdad para mantenerse rentable (desigualdad interna, y desigualdad entre áreas geográficas).

Sabemos que se trafica con personas, muy mayoritariamente mujeres, para goce de puteros que se creen con derecho porque pagan en un “mercado libre”. Pero no se toman medidas especiales para romper esa esclavitud y ese abuso perpetrado por “ciudadanos normales”.

En España unas 40000 personas viven sin hogar, por las calles, apenas algunas acogidas a veces en albergues. Y no parece importar. “Es la vida”. ¡Vaya, también un virus es cosa de la vida!

Puede que a raíz de esta epidemia alguien de entre “los míos” enferme o incluso fallezca, ojalá que no ocurra. Me dolería y me rasgaría. Pero lo mismo vale el bienestar y las vidas de todas esas personas desconocidas y ajenas, da igual su pasaporte y su aspecto, que padecen tantas injusticias, y que merecen que se actúe con esa contundencia y determinación que se exhibe ahora en los países ricos para frenar el mal que nos amenaza.

Perdonen, leo los argumentos científicos, escucho a las autoridades, obedezco y cumplo, pero no comprendo. No aprecio proporcionalidad entre la amenaza y las medidas, sobre todo si tomo como referencia otras muchas “amenazas” cotidianas. Será eso, que esta epidemia llega a contrapelo, que queda fuera de los recursos desplegados y no estaba prevista en la contabilidad social de tragedias y damnificados.

Lloraré si se ve afectada mi familia o mis amigos. Lamento los daños, en cualquier caso. Pero lamento también las muertes y traumas estériles por los excesos de velocidad, el riesgo estúpido de los jóvenes con el alcohol y las drogas, el abandono diario de los “sin techo”, la humillación repetida de las prostitutas y la indignidad sin castigo de los puteros, la desesperación de la gente que sufre soledad no elegida, los padecimientos olvidados a causa de enfermedades en África y América, el miedo de los migrantes, el abandono de los refugiados, el último grito de los ahogados camino de Europa, y mucho más…